lunes, 13 de septiembre de 2010

Radio Magallanes

Acá el texto Revisado por el Maestro Guillermo Ravest:

“Esta será, seguramente, la última oportunidad en que pueda dirigirme a ustedes. La fuerza aérea ha bombardeado las torres de radio Portales y radio Corporación… Seguramente radio Magallanes será acallada y el metal tranquilo de mi voz no llegará a ustedes. No importa… siempre estaré junto a ustedes… Estas son mis últimas palabras, tengo la certeza de que mi sacrificio no será en vano…”
Son éstas algunas de las frases postreras que pronunciara Salvador Allende poco antes de inmolarse como Presidente de Chile. Aún hoy podemos escucharlas gracias a que el entonces director de radio Magallanes Guillermo Ravest Santis, junto con el radiocontrolador Amado Felipe, difundieron primero y luego reprodujeron y rescataron cuarenta copias de aquel mensaje difundido por esa emisora en los momentos más dramáticos de aquel golpe de Estado (11.09.1973). Ellas son testimonio de la entereza de un Presidente democrático y resaltan el trascendental rol que puede jugar la comunicación radial en medio de una crisis política o de conmociones nacionales.
Ravest inició su carrera como periodista radiofónico en 1950 en la Agencia Cooper, Cooperativa de Periodistas, que entregaba noticieros escritos a diversas radioemisoras de Santiago de Chile. En ese tiempo éstas consideraban que la información era un bien público y que, por lo tanto, no causaba honorarios. “Pagaban tarde, mal y nunca”, recuerda Ravest, pero eso no melló su vocación. Allí aprendió el estilo radial, breve y eficaz. Después pudo desarrollarse en el ámbito del periodismo escrito.
Este joven reportero fue uno de los cuatro reporteros testigos del duelo entre los entonces senadores Salvador Allende y Raúl Rettig. Era el otoño chileno de 1953, y Ravest obtuvo el dato que lo llevaría al sitio del duelo a pistolas entre ambos contendientes, y que el Presidente de la República de aquel entonces había ordenado impedirlo a todas las fuerzas policiales. Consumado este inusitado lance de honor, Ravest se dirigió aquella mañana a una de las radioemisoras que servía su Agencia, para iniciar las emisiones con la primicia de su golpe noticioso.
Durante los veinte años siguientes Guillermo trabajó en varios diarios y estaciones radiofónicas, incluida la televisión nacional, hasta que en 1972 llegó a dirigir Radio Magallanes por invitación de la dirección del Partido Comunista. Hasta el gobierno de Allende los partidos de izquierda jamás habían podido acceder a la propiedad de medios radiales.
Como director de la estación dejó atrás las emisiones recargadas de sectarismo político. Con una programación de alta calidad y variada factura la convirtió en una radio popular, cercana e intérprete de un creciente auditorio y defensora de las realizaciones del gobierno de la Unidad Popular. Basó su acción radial en tres ejes básicos: ser la primera en eficacia informativa con un plantel de jóvenes periodistas y los locutores más prestigiadas como encargados de la lectura de los noticieros, que también incluía a excelentes comentaristas deportivos; recuperar la cultura como insumo popular con pequeñas viñetas a cargo de figuras intelectuales, así como programas de debate sobre temas de arte, cultura y sociedad; la recuperación del radioteatro con dramatizaciones alejados de los contenidos cursis y enajenantes, cuyos contenidos eran los problemas de las grandes mayorías, con los mejores elencos de libretistas y actores de esa época. “Puedo recordar con orgullo –reseña Ravest- que una de estas obras contó con la dirección y la actuación del propio Víctor Jara. La Magallanes también fue pionera en la difusión de la Nueva Canción Chilena, incluyendo a conjuntos como Quilapayún, Inti Illimani, a Violeta Parra y de la música folclórica latinoamericana, desde México hasta la Argentina”.
Con esa renovación, radio Magallanes que en cuanto sintonía se encontraba en los últimos lugares de las encuestas, pese a los numerosos problemas técnicos de que adolecía –poca potencia de emisión, carencia de transmisores manuales para los reporteros, entre otros-, ya en 1973 competía en audiencia y se puso a la par con las emisoras más potentes de la derecha política chilena. Asimismo, con sus catorce emisoras filiales de provincia, los programas más importantes así como los espacios informativos cubrían todo el país.
Y como desde comienzos de 1973 el golpe de Estado se veía venir, por decisión del colectivo de trabajadores, se conformaron grupos pequeños de periodistas, locutores y radiocontroladores, con el fin de mantener la información las 24 horas del día. En estos programas nocturnos fueron los trabajadores, campesinos y estudiantes de todo Chile –que también hacían guardias en sus empresas, escuelas y sitios de labores-, sus más activos y creativos animadores. Hasta que llegó el funesto 11 de septiembre de 1973. Más de 20 mil soldados armados hasta los dientes cercaron el palacio de gobierno –la Moneda- defendida por Allende y un centenar de civiles patriotas. La Junta sediciosa llamó a este desproporcionado asedio: “la batalla de la Moneda”. Pero la asonada militar se había iniciado en la madrugada con el silenciamiento o destrucción de varias emisoras partidarias del gobierno constitucional. Alrededor de las 8:30 horas de aquella mañana los golpistas creyeron culminar su “operación silencio” derribando las antenas de las radios Corporación y Portales. Radio Magallanes quedó sola en el aire. De este modo, pudo difundir para todos los chilenos las ya históricas “últimas palabras” de Allende. Pese a las amenazas de ser bombardeada, resistió hasta las 10:20 horas en que contingentes militares ocuparon su planta transmisora.
Inexplicablemente, los estudios de la Magallanes que se encontraban a sólo cuatro cuadras de la Moneda no fueron allanados por los golpistas. Alrededor del mediodía, el personal realizó una emotiva reunión en que evaluó su resistencia radial al golpe fascista. Ya no tenía sentido permanecer en los estudios. Sólo se quedaron en ellos su Director y el jefe de radiocontroladores. A las 14 horas de aquel día 11 comenzó a imperar en todo Chile el toque de queda impuesto por la Junta Militar, que duró hasta el mediodía del jueves 12.
Aquellas dos noches ambos se dedicaron a reproducir en pequeños carretes el postrer mensaje de Allende a los chilenos. Por falta de casetes sólo pudieron hacer 40 copias En ese menester se dieron cuenta que la serena voz del Presidente aparecía mezclada con gritos y ruidos de balaceras. ¿Qué había ocurrido? En medio del nerviosismo de aquella mañana del día 11, a Felipe se le había quedado abierto el micrófono de ambiente.
Recién alrededor de las 15 horas de ese martes, 11 lo que había sido rumor, se confirmaba: Allende junto a su decisión de no rendir la Moneda y en salvaguarda de su honor y de la investidura presidencial que le dio el pueblo chileno, se quitó la vida. Ravest y Felipe sabían aquellas noches que estaban reproduciendo y salvaguardando un trozo dramático de la historia de su país.
Ambos se comprometieron a llevarse consigo los casetes con las últimas palabras de Allende. “Desde que nos despedimos cuando abandonamos los estudios, no vi más a Felipe. La dictadura lo incluyó en las listas negras de chilenos a los que se prohibía trabajar en sus profesiones. Estando yo en el exilio –cuenta Ravest- supe que mi compañero se había suicidado”. Y él, por su parte, señala que algunas de las casetes las entregó a dirigente de su partido. El resto lo repartió entre los corresponsales de medios internacionales que se encontraban en Santiago de Chile por esos días.
Después del 11 de septiembre… todo lo que conoció se había desvanecido: la patria, el trabajo, los amigos y sobre todo la libertad.
El día de hoy, el periodista con 83 años a cuestas, es una figura paciente, silenciosa y de tremenda modestia. Nos cuenta su historia desde una pequeña comunidad al oriente de Texcoco, con Radio Educación como fondo; junto a Ligeia Balladares, su amorosa compañera, y la lluvia de agosto que como menciona ella con nostalgia: “Es para nosotros como la del invierno chileno”. Quizá ese invierno que precedió la primavera en que tuvieron que dejar esa vida de trabajo, pasar a la zozobra primero, luego a la clandestinidad y finalmente, al exilio. Y hoy, al autoexilio.

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